Cada noche, a la misma hora, un buzón se abre y cierra. La fricción del metal grita de angustia. Cada noche; a eso de las diez. Nadie ve quién busca correspondencia en ese viejo buzón.
El culpable del escándalo no es más que un hombre que no se deja ver. Un hombre invisible, que pasea entre la gente con la altanería y la distancia de quien se sabe invulnerable, que alardea de su condición anónima y saborea su propia mentira. Un hombre que tacha su nombre con tinta azul, indeleble, mientras padece la perplejidad ajena con cierta satisfacción. Parece cómodo esconderse en ropa de personajes que sólo existen en su imaginación, hablar palabras que jamás saldrían de su boca.
Pero dicen, aquellos que creen haberle visto alguna vez, que cada noche tira piedras a su propia ventana. Que grita su nombre y se busca por los callejones, entre los tejados, en los contenedores. Dicen que todos los días se escribe cartas a sí mismo y que nunca obtiene su respuesta. Que no cesa en el intento y que desespera. Que busca cada día en su buzón vacío, sus manos transparentes tintándolo todo de azul.
Cuentan también que, si se mira en el espejo, él tampoco puede verse. Que por mucho que mueva sus extremidades o haga muecas, su reflejo sigue ausente. Y es que nada ni nadie le devuelve la mirada cuando se busca en un espejo. Quizás, simplemente, no estaba preparado para ser invisible también ante sus ojos. Por eso los días se le escapan, y sus dedos invisibles no pueden aferrarse a nada que no sean esas incesables cartas a un destinatario sin nombre ni apariencia.
Por el día, disfruta de la hazaña de verse irreconocible ante los ojos ajenos, camuflando su secreto con el buzón. Ocultando el desasosiego que cada noche le produce mandar cartas a un verdadero desconocido.
sábado, 14 de febrero de 2009
sábado, 3 de enero de 2009
Be yourself, everyone else is already taken
“Sé tú mismo, todos los demás ya están cogidos”, así, en una traducción demasiado rápida. Me gustó en su día cómo sonaba esa frase de Oscar Wilde, por lo que asimilé su contenido de manera torpe y me quedé conforme con un concepto vacío e infantil, que relacioné con el ansia de autenticidad. Me bastó con eso, y no quise darle más vueltas.
Claro que la segunda parte de la frase pasó tan desapercibida que hoy, al releerla, me sorprendía con cada letra. El único motivo a ser nosotros mismos es, precisamente, que no nos queda otro remedio que serlo.
Me ha hecho sonreír, y recordar con cierta ironía cada momento en el que he procurado mimetizarme por miedo a ser distinta. De alguna manera, el ansia de mimetismo también me hacía diferente.
Te lo conté todo, ¿te acuerdas? No, supongo; no te acuerdas. En realidad, sé que ni siquiera me escuchabas. Tú hablabas de cosas distintas y me obcequé en comprenderte. A día de hoy, todavía no te entiendo. Cuando se cierran las puertas del tren, mis manos no atraviesan el cristal y nos perdemos –las tres- hasta que no te encuentro.
Me obcequé también en echarte de menos y, a decir verdad, el esfuerzo hace que de vez en cuando me falte tu compañía, pero sigo sin adivinar dónde puedo encontrarte si te necesito. A lo mejor ya no hace falta. La ilusión ya es sólo recuerdo y nada importa. Hablas y tu voz se pierde entre gritos y música, entre gente que me hace reír, entre canciones que ya no relaciono contigo y noches sin dormir.
Hay veces en las que yo todavía intento escucharte; pura inercia. Cuanto más lo hago, más me doy cuenta. Eres tan diferente que me asusta descubrir lo solos que estamos.
Soy irremediablemente distinta, y el haber querido amoldarme me ha hecho todavía más opuesta. Me radicalizo al desistir y darme cuenta de que no me reconozco. Supongo que todo se basa en eso; ya lo dijo Wilde. No puedo cambiar cómo soy, y tú no lo harías aunque pudieras.
Las sonrisas congeladas se derriten en mis manos.
Estoy cansada de mirar hacia otro lado y seguir riendo tus frases vacías.
Necesito palabras nuevas que añadir a mi repertorio de recuerdos. Necesito gritar incoherencias con gente que las entienda. Necesito música, insomnio voluntario, noches interminables y risas gratuitas. No quiero otro rompecabezas.
Deberías comprenderlo, ¿sabes? Deberías ver lo mismo que yo, aunque nuestras miradas sólo se choquen con espíritu de reproche.
Inténtalo tú, si puedes.
Yo ya no tengo remedio.
Claro que la segunda parte de la frase pasó tan desapercibida que hoy, al releerla, me sorprendía con cada letra. El único motivo a ser nosotros mismos es, precisamente, que no nos queda otro remedio que serlo.
Me ha hecho sonreír, y recordar con cierta ironía cada momento en el que he procurado mimetizarme por miedo a ser distinta. De alguna manera, el ansia de mimetismo también me hacía diferente.
Te lo conté todo, ¿te acuerdas? No, supongo; no te acuerdas. En realidad, sé que ni siquiera me escuchabas. Tú hablabas de cosas distintas y me obcequé en comprenderte. A día de hoy, todavía no te entiendo. Cuando se cierran las puertas del tren, mis manos no atraviesan el cristal y nos perdemos –las tres- hasta que no te encuentro.
Me obcequé también en echarte de menos y, a decir verdad, el esfuerzo hace que de vez en cuando me falte tu compañía, pero sigo sin adivinar dónde puedo encontrarte si te necesito. A lo mejor ya no hace falta. La ilusión ya es sólo recuerdo y nada importa. Hablas y tu voz se pierde entre gritos y música, entre gente que me hace reír, entre canciones que ya no relaciono contigo y noches sin dormir.
Hay veces en las que yo todavía intento escucharte; pura inercia. Cuanto más lo hago, más me doy cuenta. Eres tan diferente que me asusta descubrir lo solos que estamos.
Soy irremediablemente distinta, y el haber querido amoldarme me ha hecho todavía más opuesta. Me radicalizo al desistir y darme cuenta de que no me reconozco. Supongo que todo se basa en eso; ya lo dijo Wilde. No puedo cambiar cómo soy, y tú no lo harías aunque pudieras.
Las sonrisas congeladas se derriten en mis manos.
Estoy cansada de mirar hacia otro lado y seguir riendo tus frases vacías.
Necesito palabras nuevas que añadir a mi repertorio de recuerdos. Necesito gritar incoherencias con gente que las entienda. Necesito música, insomnio voluntario, noches interminables y risas gratuitas. No quiero otro rompecabezas.
Deberías comprenderlo, ¿sabes? Deberías ver lo mismo que yo, aunque nuestras miradas sólo se choquen con espíritu de reproche.
Inténtalo tú, si puedes.
Yo ya no tengo remedio.
domingo, 21 de diciembre de 2008
La niña de la piel traslúcida
Enfrentada contra el folio en blanco, esa niña de piel traslúcida envidia la verborrea de sus vecinos. De esos compradores de palabras que las exponen luego como monos de feria. Admira la increíble facilidad con la que trenzan sílabas y se las arreglan para moldearlas a su antojo, creando formas imposibles. Esa niña de piel traslúcida acerca sus dedos a las letras con el temor de quemarse y comprenderse demasiado. Utiliza un par de vocales y desiste en el intento de crear algo coherente. Tiene demasiados pájaros en la cabeza, o eso dicen. Sabe que ese no es el problema, pero lo acepta sin rechistar porque no sabe dar una respuesta mejor. A fin de cuentas, hace tiempo que ya no sabe dibujar.
Sabe que la metáfora no es más que una venda que oculta verdades a los ojos que no están preparados para descubrir. La ve constantemente, la inspecciona y trata de descifrarla en folios ajenos, pero todo cuanto descubre es que no comprende nada. Se frustra, nada en nubes grises y se pierde por calles atestadas de falsos filósofos con demasiadas historias que contar. Recorre la ciudad, de tejado en tejado, compra palabras a precios ridículos y las confecciona con cierta ilusión.
Pero las letras estiran la tela de la venda. La desgarran y permiten que sus ojos escépticos atinen a descubrir formas dibujadas a carboncillo. La luz que se filtra araña sus párpados y deja un regusto amargo en su boca. Se enfada, arruga el folio, aprieta su venda y escupe las palabras para lanzarlas lejos, muy lejos, donde no puedan alcanzarla.
Aunque sirve de poco. Sus labios saben a tinta, y es un sabor ácido e indeleble. Su garganta ansía un bálsamo, y ella responde con un garabato torpe.
La niña de piel traslúcida no sabe dibujar palabras.
Sabe que la metáfora no es más que una venda que oculta verdades a los ojos que no están preparados para descubrir. La ve constantemente, la inspecciona y trata de descifrarla en folios ajenos, pero todo cuanto descubre es que no comprende nada. Se frustra, nada en nubes grises y se pierde por calles atestadas de falsos filósofos con demasiadas historias que contar. Recorre la ciudad, de tejado en tejado, compra palabras a precios ridículos y las confecciona con cierta ilusión.
Pero las letras estiran la tela de la venda. La desgarran y permiten que sus ojos escépticos atinen a descubrir formas dibujadas a carboncillo. La luz que se filtra araña sus párpados y deja un regusto amargo en su boca. Se enfada, arruga el folio, aprieta su venda y escupe las palabras para lanzarlas lejos, muy lejos, donde no puedan alcanzarla.
Aunque sirve de poco. Sus labios saben a tinta, y es un sabor ácido e indeleble. Su garganta ansía un bálsamo, y ella responde con un garabato torpe.
La niña de piel traslúcida no sabe dibujar palabras.
martes, 9 de diciembre de 2008
Otra noche más...
Otra noche más revolviendo en la basura.
Resultas patético, ¿lo sabías? De madrugada, con tu camisa empapada apestando a alcohol, tus brazos metidos hasta los codos en las profundidades del contenedor. Incluso el gato raquítico que mordisquea tus cordones se reiría de ti si supiera lo que buscas. Tú mismo sentirías lástima si pronunciases en voz alta que andas persiguiendo a tu corazón en la basura. Aunque claro, estás demasiado borracho como para hablar, y demasiado vacío como para sentir nada.
Se veía venir. Sí, se veía venir, por mucho que tú quisieras creer lo contrario. Te dejaste absorber por el balsámico sueño del alcohol, por un par de ojos que sonreían mientras tú bailabas, por la calidez de sus brazos. Te quedaste con su ropa, y ella con tu corazón en su mesilla de noche. Al fin y al cabo, tú se lo entregaste.
Siempre lo haces. Cada maldita noche.
¿Por qué, imbécil? Joder. Debiste haber aprendido la lección el día en que te dijeron que la magia no existe. No tenías por qué seguir llenando tu corazón de falsas esperanzas para ahogarlo después en el fondo de una botella.
Primero, aquella estúpida ilusión por volar en un avión de papel y tinta. Te creías diferente, ¿no? Un visionario. Entregaste sudor y sangre a cambio de una utopía, y conociste a tu obsesión etílica perdido entre folios arrugados. Luego vinieron ellas. Una a una, prometiendo calor con sus sonrisas. Misma historia, mismo resultado. Una y otra vez. Musas para novelas que jamás escribirías.
Buscar inspiración en la barra de un bar es el principio del fin. Te lo dijeron, ¿recuerdas? Qué más da. A ti todo eso te daba igual. No escuchaste a nadie, porque nadie compartía tu sueño por volar.
Pero mírate ahora, “viajero”. Estás tan perdido que ni siquiera me encuentras. ¿No me ves? Estoy aquí, justo al lado del gato. Sucio y manchado, cansado de tanto nadar en alcohol y basura.
¿Por qué vienes a buscarme? No te engañes, no vuelvo para quedarme. Mañana me adormecerás en el consuelo de una falsa promesa, y volverás a sumergirme en un vaso de cristal. Eres tan infantil que ya ni me creo tus excusas.
Disfruta de la noche. La chica no volverá.
Feliz borrachera, iluso.
16/11/08
Resultas patético, ¿lo sabías? De madrugada, con tu camisa empapada apestando a alcohol, tus brazos metidos hasta los codos en las profundidades del contenedor. Incluso el gato raquítico que mordisquea tus cordones se reiría de ti si supiera lo que buscas. Tú mismo sentirías lástima si pronunciases en voz alta que andas persiguiendo a tu corazón en la basura. Aunque claro, estás demasiado borracho como para hablar, y demasiado vacío como para sentir nada.
Se veía venir. Sí, se veía venir, por mucho que tú quisieras creer lo contrario. Te dejaste absorber por el balsámico sueño del alcohol, por un par de ojos que sonreían mientras tú bailabas, por la calidez de sus brazos. Te quedaste con su ropa, y ella con tu corazón en su mesilla de noche. Al fin y al cabo, tú se lo entregaste.
Siempre lo haces. Cada maldita noche.
¿Por qué, imbécil? Joder. Debiste haber aprendido la lección el día en que te dijeron que la magia no existe. No tenías por qué seguir llenando tu corazón de falsas esperanzas para ahogarlo después en el fondo de una botella.
Primero, aquella estúpida ilusión por volar en un avión de papel y tinta. Te creías diferente, ¿no? Un visionario. Entregaste sudor y sangre a cambio de una utopía, y conociste a tu obsesión etílica perdido entre folios arrugados. Luego vinieron ellas. Una a una, prometiendo calor con sus sonrisas. Misma historia, mismo resultado. Una y otra vez. Musas para novelas que jamás escribirías.
Buscar inspiración en la barra de un bar es el principio del fin. Te lo dijeron, ¿recuerdas? Qué más da. A ti todo eso te daba igual. No escuchaste a nadie, porque nadie compartía tu sueño por volar.
Pero mírate ahora, “viajero”. Estás tan perdido que ni siquiera me encuentras. ¿No me ves? Estoy aquí, justo al lado del gato. Sucio y manchado, cansado de tanto nadar en alcohol y basura.
¿Por qué vienes a buscarme? No te engañes, no vuelvo para quedarme. Mañana me adormecerás en el consuelo de una falsa promesa, y volverás a sumergirme en un vaso de cristal. Eres tan infantil que ya ni me creo tus excusas.
Disfruta de la noche. La chica no volverá.
Feliz borrachera, iluso.
16/11/08
jueves, 13 de noviembre de 2008
¿Subes?
Esta mañana, cuando mis ojos aún escocían al enfrentarse a los primeros rayos de sol, he mirado a la ventana y la he visto. Ahí estaba, otra vez. Entre las líneas de mis pestañas, he visto sus bracitos ascendiendo con energía la altura de la cuerda.
No es la primera vez que veo a esa niña. Sus manos se aferran con fuerza cada día para subir y subir, alto y cada vez más alto, hacia un destino que todavía no alcanzo a ver. Suelo asomarme por el balcón, tuerzo la cabeza e intento vislumbrarlo, pero la cuerda sigue más allá de las nubes, la visión es borrosa, y si me inclino demasiado pierdo el equilibrio y caigo.
Ella sigue subiendo. Cada día, lo supongo. Los vecinos lo comentan. Aunque yo sólo puedo verla de vez en cuando. A veces se para a descansar, se balancea, mira a todos desde las alturas y nos saca la lengua, burlona. A veces ríe y sus mejillas se vuelven rojas; a veces contagia. A veces los vecinos la envidian. A veces siento vértigo y le advierto de que va a caerse, aunque rara vez me hace caso.
Otras veces la veo subir tan rápido que creo perderla de vista. Y sí; es entonces cuando dejo de verla.
Hay momentos, lo confieso, en los que juraría que ella no existe.
Anoche pensé que la niña se había caído. Que había sido engañada y nada sujetaba la cuerda más allá de las nubes. Me asusté por un momento, salí al balcón y la llamé. Nadie contestaba y creí que esa era suficiente respuesta.
Con pocas ganas de compadecerme de una desconocida, me dormí.
Pero esta mañana estaba allí. Con una sonrisa en sus labios de niña, subiendo la cuerda con gracilidad y entusiasmo. No miraba atrás hacia los vecinos, ni vacilaba en sus movimientos. Sólo subía. Subía y sonreía.
Yo la he mirado desde la ventana, asombrada, y he tomado entre mis manos el final de su cuerda, presa de la curiosidad. No parecía en absoluto estable, no había garantías, podría romperse en cualquier momento. Pero la niña cada día se sostenía a ella con la seguridad de no haberse caído nunca, ni aún con sus más disparatadas piruetas.
Su cabeza se giró para mirarme desde las alturas. Yo le devolví la mirada, la distinguí entre las nubes y ella sonrió aún más.
-¿Subes?
No es la primera vez que veo a esa niña. Sus manos se aferran con fuerza cada día para subir y subir, alto y cada vez más alto, hacia un destino que todavía no alcanzo a ver. Suelo asomarme por el balcón, tuerzo la cabeza e intento vislumbrarlo, pero la cuerda sigue más allá de las nubes, la visión es borrosa, y si me inclino demasiado pierdo el equilibrio y caigo.
Ella sigue subiendo. Cada día, lo supongo. Los vecinos lo comentan. Aunque yo sólo puedo verla de vez en cuando. A veces se para a descansar, se balancea, mira a todos desde las alturas y nos saca la lengua, burlona. A veces ríe y sus mejillas se vuelven rojas; a veces contagia. A veces los vecinos la envidian. A veces siento vértigo y le advierto de que va a caerse, aunque rara vez me hace caso.
Otras veces la veo subir tan rápido que creo perderla de vista. Y sí; es entonces cuando dejo de verla.
Hay momentos, lo confieso, en los que juraría que ella no existe.
Anoche pensé que la niña se había caído. Que había sido engañada y nada sujetaba la cuerda más allá de las nubes. Me asusté por un momento, salí al balcón y la llamé. Nadie contestaba y creí que esa era suficiente respuesta.
Con pocas ganas de compadecerme de una desconocida, me dormí.
Pero esta mañana estaba allí. Con una sonrisa en sus labios de niña, subiendo la cuerda con gracilidad y entusiasmo. No miraba atrás hacia los vecinos, ni vacilaba en sus movimientos. Sólo subía. Subía y sonreía.
Yo la he mirado desde la ventana, asombrada, y he tomado entre mis manos el final de su cuerda, presa de la curiosidad. No parecía en absoluto estable, no había garantías, podría romperse en cualquier momento. Pero la niña cada día se sostenía a ella con la seguridad de no haberse caído nunca, ni aún con sus más disparatadas piruetas.
Su cabeza se giró para mirarme desde las alturas. Yo le devolví la mirada, la distinguí entre las nubes y ella sonrió aún más.
-¿Subes?
martes, 21 de octubre de 2008
Gris
Luna gris.
Amarilla.
Sí. Amarilla pero gris. O gris el cielo. O grises sus pupilas. O grises sus sonrisas cuando escuchan esos dedos rasgar las cuerdas de la guitarra.
Algo se rompe, cuando esa melodía comienza a brotar y hace eco en unas paredes frías. No habla de libertad, esa voz que suena cristalina en medio de una noche gris y amarilla. No habla de lucha, ni de dolor. No habla de ese cielo negro que lo absorbe todo, donde sólo se adivinan las sombras de siete chicos sentados en el suelo.
Habla de amor. De tonterías. De carcajadas.
Sonrisa blanca.
Gris.
Sí. Gris pero blanca. O blanca la noche. O blanca la luna que se esconde tras las nubes. Blanca la luna que pueden ver sin los ojos. Blanco el sabor a vida de la canción.
Amarilla.
Sí. Amarilla pero gris. O gris el cielo. O grises sus pupilas. O grises sus sonrisas cuando escuchan esos dedos rasgar las cuerdas de la guitarra.
Algo se rompe, cuando esa melodía comienza a brotar y hace eco en unas paredes frías. No habla de libertad, esa voz que suena cristalina en medio de una noche gris y amarilla. No habla de lucha, ni de dolor. No habla de ese cielo negro que lo absorbe todo, donde sólo se adivinan las sombras de siete chicos sentados en el suelo.
Habla de amor. De tonterías. De carcajadas.
Sonrisa blanca.
Gris.
Sí. Gris pero blanca. O blanca la noche. O blanca la luna que se esconde tras las nubes. Blanca la luna que pueden ver sin los ojos. Blanco el sabor a vida de la canción.
viernes, 3 de octubre de 2008
Crisis... ¿generacional?
Me saca de mis casillas. Me aburre, ya, el discurso anciano tan repetido, esa parafernalia de que toda juventud pasada fue mejor. No es más que el consuelo hipócrita de quien se ha quedado atrapado y no avanza, de todos esos que decidieron no salir de la botella por miedo a atascarse en el cuello. Es fácil pensar, desde esa posición tan ridícula, que el mundo es de un patético color verde.Sea como sea, la juventud hace oídos sordos. Y bien que hace.
Porque efectivamente no hemos vivido una guerra en condiciones, no. No podremos relatar desde nuestras mecedoras el merecido fin de una dictadura, ni tampoco podremos llegar a escuchar el rock de verdad. Por no poder, no podremos ni hablar del escándalo del destape. ¿Qué va a contar a sus nietos, esta generación? O mejor aún, agarrémonos a las sillas: ¿tendrá nietos esta generación mileurista que a duras penas va a poder dar con sus huesos en una comuna hippie?
Dios dirá, o Alá dirá, o vete tú a saber quién lo dirá. Quizás haya quien vea la crisis con un cierto alivio por pensar que sí, al fin, nuestra generación inhumana va a tener algo por lo que luchar, algo por lo que contar batallitas con el pecho henchido.
Pensemos en frío; tal vez sí. Tal vez vayamos a tener nuestras propias historias, al fin y al cabo. A lo mejor terminamos contando, entre balanceo y balanceo, las vicisitudes de una juventud marcada por la crisis, por el Plan Bolonia, por la pornografía de Internet, por la ausencia de canicas los viernes por la tarde.
La juventud sin infancia, la generación perdida, los niños de papá. ¿Os parecen pocas tramas para un buen argumento?
Pues mirad por donde, yo creo que nuestros nietos tendrán pesadillas.
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