jueves, 9 de abril de 2009

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Hay algo de mágico en ese ritual. En ese momento en el que me acuesto en mi cama y, tapada por mis mantas, alzo el brazo hasta dar con un libro. Justo en ese instante en el que todo desaparece, mis extremidades pesan y me dejo mecer por la quietud de mi soledad, por el electrizante contacto de mi piel con el papel. No es más que un poco de tinta y, sin embargo, podría ser comparable con una droga. Suelo asociarlo con la cafeína: me despierta, me aporta la fuerza que necesito para enfrentarme a salir fuera y ver la vida desde una perspectiva distinta. Sin ella, me hundo en el sopor.
A veces, ni siquiera eso basta. Como todas las drogas, llega un momento en que la dosis resulta insuficiente y el adicto palpa la estantería con manos temblorosas en busca de algo más, hasta dar con una libreta y un bolígrafo. Es entonces cuando descubre que no hace falta tinta para que una historia viva en su cabeza, cuando se da cuenta de que la fantasía nace más allá de nuestros ojos. No busca las historias; ellas le buscan a él. Y cuando le encuentran, los personajes nacen y dan patadas dentro de él, gritan, estremecen sus oídos y la situación se torna tan insostenible que necesita desahogarse con papel y tinta.
Nunca muero por esta clase de sobredosis. Jamás resulta suficiente.

5/1o/2oo8

domingo, 5 de abril de 2009

Humo

Ordenaba tímidas migajas que asomaban de entre ceniceros. Las escondía tras sus mangas, cuando no la miraban. Desechaba aquellas inservibles y, las otras, al llegar a su buhardilla, las guardaba en un calcetín bajo la almohada; como cualquier otra chica habría guardado sus joyas más preciadas.
No eran más que colillas, muestras desgastadas que otros labios ya habían sabido degustar, pero las coleccionaba a escondidas con el corazón martilleando su pecho.

De noche, aprovechaba el tenue palpitar de la llama de una vela para así esconder su fechoría. Se sumergía en sus sábanas y, con manos temblorosas, sacaba su tesoro del viejo calcetín. Las observaba, despacio. Las tocaba. Las acercaba a su nariz y las olía.
A veces, incluso, se las llevaba a la boca y cerraba los ojos. Le gustaba imaginar quién podría haber besado ese cigarro.
Imaginaba a esas señoras elegantes de la cafetería, a esos chicos felices que, una vez fumado, tiraban el cigarrillo al suelo y lo aplastaban con sus zapatillas. Imaginaba a ese hombre, al de la barra, ese que bebía tanto y hablaba tan poco. Los imaginaba e imitaba y, en ocasiones se dejaba llevar por la fantasía y se veía a sí misma. Ella, en la cafetería, con su propio mechero, dejándose llevar por el aroma del tabaco.
Acercaba su boca a la llama de la vela, con el sigilo de quien sabe que debería sentirse culpable. Esperaba unos segundos a que prendiera el cigarro, pero terminaba apartándose asustada antes de que ocurriera. Apagaba la vela deprisa y se acostaba con el corazón en un puño.

Pero un día lo hizo. Convencida de que ya no era una niña, envalentonada ante la angustiosa impresión de que los días se le escapaban y que ya era hora de probar algo. De sentir que existía algo más. De probar de una vez a qué sabía un cigarrillo.
Esperó lo suficiente frente a la llama, mientras su mente volaba escapando de su cama. Aspiró y el humo abrasó su garganta.
Pero quemó sus ilusiones al comprender que el cigarro no sabía a labios, ni a bares, ni a alcohol de ese que cura las penas a los hombres de chaqueta. Sabía a humo. Humo que prendía en llamas su interior y se esfumaba tan pronto como había venido. Incorpóreo. Doloroso. Sabía... sabía... sabía a domingo, a fuego, a tabaco. A tabaco y nada más.
Tosió con fuerza, escondió el calcetín bajo el somier y sopló sobre la vela.
"Fumar no es cosa de niñas", murmuró encontrando el sueño, con la nariz hundida en la almohada. "Y soñar tampoco"

sábado, 14 de febrero de 2009

Un viejo desconocido

Cada noche, a la misma hora, un buzón se abre y cierra. La fricción del metal grita de angustia. Cada noche; a eso de las diez. Nadie ve quién busca correspondencia en ese viejo buzón.

El culpable del escándalo no es más que un hombre que no se deja ver. Un hombre invisible, que pasea entre la gente con la altanería y la distancia de quien se sabe invulnerable, que alardea de su condición anónima y saborea su propia mentira. Un hombre que tacha su nombre con tinta azul, indeleble, mientras padece la perplejidad ajena con cierta satisfacción. Parece cómodo esconderse en ropa de personajes que sólo existen en su imaginación, hablar palabras que jamás saldrían de su boca.

Pero dicen, aquellos que creen haberle visto alguna vez, que cada noche tira piedras a su propia ventana. Que grita su nombre y se busca por los callejones, entre los tejados, en los contenedores. Dicen que todos los días se escribe cartas a sí mismo y que nunca obtiene su respuesta. Que no cesa en el intento y que desespera. Que busca cada día en su buzón vacío, sus manos transparentes tintándolo todo de azul.

Cuentan también que, si se mira en el espejo, él tampoco puede verse. Que por mucho que mueva sus extremidades o haga muecas, su reflejo sigue ausente. Y es que nada ni nadie le devuelve la mirada cuando se busca en un espejo. Quizás, simplemente, no estaba preparado para ser invisible también ante sus ojos. Por eso los días se le escapan, y sus dedos invisibles no pueden aferrarse a nada que no sean esas incesables cartas a un destinatario sin nombre ni apariencia.

Por el día, disfruta de la hazaña de verse irreconocible ante los ojos ajenos, camuflando su secreto con el buzón. Ocultando el desasosiego que cada noche le produce mandar cartas a un verdadero desconocido.

sábado, 3 de enero de 2009

Be yourself, everyone else is already taken

“Sé tú mismo, todos los demás ya están cogidos”, así, en una traducción demasiado rápida. Me gustó en su día cómo sonaba esa frase de Oscar Wilde, por lo que asimilé su contenido de manera torpe y me quedé conforme con un concepto vacío e infantil, que relacioné con el ansia de autenticidad. Me bastó con eso, y no quise darle más vueltas.
Claro que la segunda parte de la frase pasó tan desapercibida que hoy, al releerla, me sorprendía con cada letra. El único motivo a ser nosotros mismos es, precisamente, que no nos queda otro remedio que serlo.
Me ha hecho sonreír, y recordar con cierta ironía cada momento en el que he procurado mimetizarme por miedo a ser distinta. De alguna manera, el ansia de mimetismo también me hacía diferente.
Te lo conté todo, ¿te acuerdas? No, supongo; no te acuerdas. En realidad, sé que ni siquiera me escuchabas. Tú hablabas de cosas distintas y me obcequé en comprenderte. A día de hoy, todavía no te entiendo. Cuando se cierran las puertas del tren, mis manos no atraviesan el cristal y nos perdemos –las tres- hasta que no te encuentro.
Me obcequé también en echarte de menos y, a decir verdad, el esfuerzo hace que de vez en cuando me falte tu compañía, pero sigo sin adivinar dónde puedo encontrarte si te necesito. A lo mejor ya no hace falta. La ilusión ya es sólo recuerdo y nada importa. Hablas y tu voz se pierde entre gritos y música, entre gente que me hace reír, entre canciones que ya no relaciono contigo y noches sin dormir.
Hay veces en las que yo todavía intento escucharte; pura inercia. Cuanto más lo hago, más me doy cuenta. Eres tan diferente que me asusta descubrir lo solos que estamos.
Soy irremediablemente distinta, y el haber querido amoldarme me ha hecho todavía más opuesta. Me radicalizo al desistir y darme cuenta de que no me reconozco. Supongo que todo se basa en eso; ya lo dijo Wilde. No puedo cambiar cómo soy, y tú no lo harías aunque pudieras.
Las sonrisas congeladas se derriten en mis manos.
Estoy cansada de mirar hacia otro lado y seguir riendo tus frases vacías.

Necesito palabras nuevas que añadir a mi repertorio de recuerdos. Necesito gritar incoherencias con gente que las entienda. Necesito música, insomnio voluntario, noches interminables y risas gratuitas. No quiero otro rompecabezas.
Deberías comprenderlo, ¿sabes? Deberías ver lo mismo que yo, aunque nuestras miradas sólo se choquen con espíritu de reproche.
Inténtalo tú, si puedes.
Yo ya no tengo remedio.

domingo, 21 de diciembre de 2008

La niña de la piel traslúcida

Enfrentada contra el folio en blanco, esa niña de piel traslúcida envidia la verborrea de sus vecinos. De esos compradores de palabras que las exponen luego como monos de feria. Admira la increíble facilidad con la que trenzan sílabas y se las arreglan para moldearlas a su antojo, creando formas imposibles. Esa niña de piel traslúcida acerca sus dedos a las letras con el temor de quemarse y comprenderse demasiado. Utiliza un par de vocales y desiste en el intento de crear algo coherente. Tiene demasiados pájaros en la cabeza, o eso dicen. Sabe que ese no es el problema, pero lo acepta sin rechistar porque no sabe dar una respuesta mejor. A fin de cuentas, hace tiempo que ya no sabe dibujar.
Sabe que la metáfora no es más que una venda que oculta verdades a los ojos que no están preparados para descubrir. La ve constantemente, la inspecciona y trata de descifrarla en folios ajenos, pero todo cuanto descubre es que no comprende nada. Se frustra, nada en nubes grises y se pierde por calles atestadas de falsos filósofos con demasiadas historias que contar. Recorre la ciudad, de tejado en tejado, compra palabras a precios ridículos y las confecciona con cierta ilusión.
Pero las letras estiran la tela de la venda. La desgarran y permiten que sus ojos escépticos atinen a descubrir formas dibujadas a carboncillo. La luz que se filtra araña sus párpados y deja un regusto amargo en su boca. Se enfada, arruga el folio, aprieta su venda y escupe las palabras para lanzarlas lejos, muy lejos, donde no puedan alcanzarla.
Aunque sirve de poco. Sus labios saben a tinta, y es un sabor ácido e indeleble. Su garganta ansía un bálsamo, y ella responde con un garabato torpe.
La niña de piel traslúcida no sabe dibujar palabras.

martes, 9 de diciembre de 2008

Otra noche más...

Otra noche más revolviendo en la basura.
Resultas patético, ¿lo sabías? De madrugada, con tu camisa empapada apestando a alcohol, tus brazos metidos hasta los codos en las profundidades del contenedor. Incluso el gato raquítico que mordisquea tus cordones se reiría de ti si supiera lo que buscas. Tú mismo sentirías lástima si pronunciases en voz alta que andas persiguiendo a tu corazón en la basura. Aunque claro, estás demasiado borracho como para hablar, y demasiado vacío como para sentir nada.
Se veía venir. Sí, se veía venir, por mucho que tú quisieras creer lo contrario. Te dejaste absorber por el balsámico sueño del alcohol, por un par de ojos que sonreían mientras tú bailabas, por la calidez de sus brazos. Te quedaste con su ropa, y ella con tu corazón en su mesilla de noche. Al fin y al cabo, tú se lo entregaste.

Siempre lo haces. Cada maldita noche.
¿Por qué, imbécil? Joder. Debiste haber aprendido la lección el día en que te dijeron que la magia no existe. No tenías por qué seguir llenando tu corazón de falsas esperanzas para ahogarlo después en el fondo de una botella.
Primero, aquella estúpida ilusión por volar en un avión de papel y tinta. Te creías diferente, ¿no? Un visionario. Entregaste sudor y sangre a cambio de una utopía, y conociste a tu obsesión etílica perdido entre folios arrugados. Luego vinieron ellas. Una a una, prometiendo calor con sus sonrisas. Misma historia, mismo resultado. Una y otra vez. Musas para novelas que jamás escribirías.

Buscar inspiración en la barra de un bar es el principio del fin. Te lo dijeron, ¿recuerdas? Qué más da. A ti todo eso te daba igual. No escuchaste a nadie, porque nadie compartía tu sueño por volar.
Pero mírate ahora, “viajero”. Estás tan perdido que ni siquiera me encuentras. ¿No me ves? Estoy aquí, justo al lado del gato. Sucio y manchado, cansado de tanto nadar en alcohol y basura.
¿Por qué vienes a buscarme? No te engañes, no vuelvo para quedarme. Mañana me adormecerás en el consuelo de una falsa promesa, y volverás a sumergirme en un vaso de cristal. Eres tan infantil que ya ni me creo tus excusas.
Disfruta de la noche. La chica no volverá.
Feliz borrachera, iluso.

16/11/08

jueves, 13 de noviembre de 2008

¿Subes?

Esta mañana, cuando mis ojos aún escocían al enfrentarse a los primeros rayos de sol, he mirado a la ventana y la he visto. Ahí estaba, otra vez. Entre las líneas de mis pestañas, he visto sus bracitos ascendiendo con energía la altura de la cuerda.
No es la primera vez que veo a esa niña. Sus manos se aferran con fuerza cada día para subir y subir, alto y cada vez más alto, hacia un destino que todavía no alcanzo a ver. Suelo asomarme por el balcón, tuerzo la cabeza e intento vislumbrarlo, pero la cuerda sigue más allá de las nubes, la visión es borrosa, y si me inclino demasiado pierdo el equilibrio y caigo.

Ella sigue subiendo. Cada día, lo supongo. Los vecinos lo comentan. Aunque yo sólo puedo verla de vez en cuando. A veces se para a descansar, se balancea, mira a todos desde las alturas y nos saca la lengua, burlona. A veces ríe y sus mejillas se vuelven rojas; a veces contagia. A veces los vecinos la envidian. A veces siento vértigo y le advierto de que va a caerse, aunque rara vez me hace caso.
Otras veces la veo subir tan rápido que creo perderla de vista. Y sí; es entonces cuando dejo de verla.
Hay momentos, lo confieso, en los que juraría que ella no existe.

Anoche pensé que la niña se había caído. Que había sido engañada y nada sujetaba la cuerda más allá de las nubes. Me asusté por un momento, salí al balcón y la llamé. Nadie contestaba y creí que esa era suficiente respuesta.
Con pocas ganas de compadecerme de una desconocida, me dormí.

Pero esta mañana estaba allí. Con una sonrisa en sus labios de niña, subiendo la cuerda con gracilidad y entusiasmo. No miraba atrás hacia los vecinos, ni vacilaba en sus movimientos. Sólo subía. Subía y sonreía.
Yo la he mirado desde la ventana, asombrada, y he tomado entre mis manos el final de su cuerda, presa de la curiosidad. No parecía en absoluto estable, no había garantías, podría romperse en cualquier momento. Pero la niña cada día se sostenía a ella con la seguridad de no haberse caído nunca, ni aún con sus más disparatadas piruetas.
Su cabeza se giró para mirarme desde las alturas. Yo le devolví la mirada, la distinguí entre las nubes y ella sonrió aún más.
-¿Subes?