Me mudo :D
¿Dónde? Pues a El marcapáginas. Más que nada porque era un lío esto de tener dos blogs, porque se terminaba segmentando la lectura y prefiero que esté todo junto. Entonces, os animo (a los que queráis seguirme, me leáis o me hayáis comentado) a que entréis a esta página y os suscribáis a esa en vez de a esta porque, si bien voy a estar anunciando aquí mis primeras entradas en el marcapáginas, tarde o temprano me mudaré del todo allí.
Por eso, muchas gracias por todos los comentarios que siempre me dejáis :) espero que esta mudanza sea llevadera y pido perdón por las molestias. A fin de cuentas, espero, será más cómodo.
Un beso a todos!
jueves, 21 de enero de 2010
miércoles, 20 de enero de 2010
Más prólogo
Ya no recuerdo el último día que taché el calendario.
Lo he olvidado. Ya pasaron los días de gastar tinta en borrar un número del mes. No hay equis, ni saña. Sólo hojas con cuadros que no significan nada más que una forma geométrica.
Y ropa sucia en el suelo. Y humo en las sábanas, pegajoso. Y un cielo que aún de noche es amarillo, y ciega de luz la habitación. Y unas ganas de hablarte, de coger el teléfono y alcanzar tu garganta, por si las moscas. No vaya a ser que realmente estés al otro lado.
Lo he olvidado. Ya pasaron los días de gastar tinta en borrar un número del mes. No hay equis, ni saña. Sólo hojas con cuadros que no significan nada más que una forma geométrica.
Y ropa sucia en el suelo. Y humo en las sábanas, pegajoso. Y un cielo que aún de noche es amarillo, y ciega de luz la habitación. Y unas ganas de hablarte, de coger el teléfono y alcanzar tu garganta, por si las moscas. No vaya a ser que realmente estés al otro lado.
He olvidado también aquello de las manos y las piernas. Eso de las conversaciones absurdas sobre disolventes lácteos, deportes de riesgo y ciencia ficción. Eso de, frente a frente, imitar el movimiento de tus cejas. Hasta conseguir enfadarte y arrancarte una de esas muecas, uno de esos murmullos de pesadez que te llevaban de vuelta a tu cinematografía.
He olvidado también al protagonista de tu película. Y a sus manías. A su peculiar manera de mirar el techo, escrutándolo con los ojos como si incluso allí fuera capaz de encontrar algo interesante. Seguramente lo había, pero jamás fui partícipe del guión y, al margen, me contentaba con mirar haciendo eses en tus brazos.
En cualquier caso, lo que quiero decir es que lo he olvidado todo, escondida entre cáscaras de pipa y latas arrugadas. Que ya no lloro, porque ya no me acuerdo de cómo se hacía. Que hace tiempo que no miro si es verdad eso que dicen de que con el paso de los días crecen las uñas.
Porque poco sentido tiene mirar un reflejo en la espuma de la cerveza para intentar reconocerme. Y menos aún lo tiene coger el teléfono para saber si aún existes; para saber si tú, desde tu película, podrías decirme quién soy o asignar un papel para mí. Por muy humilde y secundario que fuera.
Pero a veces me gustaría comprobar si tu voz se pega al teléfono, de la misma manera que el tabaco a la sábana y el sudor a la piel. Y me gustaría bordar de nuevo cada una de las gilipolleces que me dio por decirte y repetírtelas de golpe, rápido y sin respirar, a ver si así yo también me las creo.
Para añadir a ellas que ya no recuerdo el último día que taché el calendario.
Que ya no lloro. Que ya sólo como pipas.
(Prólogo. De nuevo. Under construction)
viernes, 20 de noviembre de 2009
Camina
Sus botas chocaban contra el suelo al caminar. No había nada más. Ningún sonido. Sólo sus botas, sus pasos. Ni coches, ni gente, ni nada que pudiera distraerle de la melodía hipnótica de su camino. Caminaba, a decir verdad, por caminar. No tenía un rumbo fijo; simplemente había caminado hacia delante con la certeza de que así, tarde o temprano, todo pasaría, con la esperanza de que sus músculos entumecidos dejasen de doler.
Eran las tres de la mañana. O las cuatro, quizás. La cuestión es que hacía frío, pero incluso esa era una sensación placentera después de haber malgastado casi tres horas tumbado en la cama, revolviéndose inquieto entre sábanas que se pegaban a su piel. Así que caminó, concienciado en no pensar. Caminó mirando la ausencia de coches en la carretera que seguía, las casas cada vez más alejadas con las luces apagadas. Las tres de la mañana. Las cuatro quizás, sí. Y no había un solo alma despierto.
Excepto él, que caminaba y por primera vez se regocijaba en su propio insomnio, con la vista fija en el frente al principio, observando de reojo los semáforos que cambiaban de color para nadie. Caminó unos 90 minutos. O unas diez horas. O unos diez días. Lo más probable es que sólo fueran sesenta minutos, pero sus ojos cansados y deseosos de cerrarse le impidieron en todo momento mirar al reloj.
No supo por qué paró cuando por fin sus piernas se detuvieron. A lo mejor su cuerpo ya no respondía. A lo mejor fue por su llegada al polígono que le permitía ver toda la ciudad a escala de playmóbil. Pero se detuvo y, despacio, se dejó caer en el bordillo de la acera.
Los semáforos autistas y unas pocas farolas fueron las únicas luces que le devolvieron la mirada. Las casas, y la gente con ellas, parecían haberse apagado.
“Poco me importa que digan que tengo un problema por no dormir por las noches”, pensó, apoyando su cabeza entre sus manos, resguardándose del frío en un improvisado abrazo a sus piernas. “El problema lo tienen ellos, si ven cómo está el mundo y aún así logran conciliar el sueño”
Eran las tres de la mañana. O las cuatro, quizás. La cuestión es que hacía frío, pero incluso esa era una sensación placentera después de haber malgastado casi tres horas tumbado en la cama, revolviéndose inquieto entre sábanas que se pegaban a su piel. Así que caminó, concienciado en no pensar. Caminó mirando la ausencia de coches en la carretera que seguía, las casas cada vez más alejadas con las luces apagadas. Las tres de la mañana. Las cuatro quizás, sí. Y no había un solo alma despierto.
Excepto él, que caminaba y por primera vez se regocijaba en su propio insomnio, con la vista fija en el frente al principio, observando de reojo los semáforos que cambiaban de color para nadie. Caminó unos 90 minutos. O unas diez horas. O unos diez días. Lo más probable es que sólo fueran sesenta minutos, pero sus ojos cansados y deseosos de cerrarse le impidieron en todo momento mirar al reloj.
No supo por qué paró cuando por fin sus piernas se detuvieron. A lo mejor su cuerpo ya no respondía. A lo mejor fue por su llegada al polígono que le permitía ver toda la ciudad a escala de playmóbil. Pero se detuvo y, despacio, se dejó caer en el bordillo de la acera.
Los semáforos autistas y unas pocas farolas fueron las únicas luces que le devolvieron la mirada. Las casas, y la gente con ellas, parecían haberse apagado.
“Poco me importa que digan que tengo un problema por no dormir por las noches”, pensó, apoyando su cabeza entre sus manos, resguardándose del frío en un improvisado abrazo a sus piernas. “El problema lo tienen ellos, si ven cómo está el mundo y aún así logran conciliar el sueño”
---
Porque a algunos, a veces, nos cuesta dormir.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Carta a Eva
(...)
A decir verdad, no tengo ni idea de si te has montado alguna vez en un tren de cercanías. Probablemente no, pero pienso que deberías hacerlo. En realidad… qué coño, Eva, creo que es el único lugar del mundo que merece la pena que visites.
Son feos a rabiar y emiten un sonido estridente; por no hablar de sus asientos, que son pura piedra, pero en cuanto se cierran las puertas y el tren avanza… no sé. Tengo la teoría de que ahí se forma un microcosmos. Una especie de universo alternativo, breve e intenso, donde la gente deja de sentirse observada. Es como si existiera algún tipo de consenso social que dijera que todas esas estúpidas normas de comportamiento no han de aplicarse sobre los raíles. Nada de cordialidad, sonrisa pintada, pudor o eso de "encantado de conocerte". En el tren eso da igual. El que quiere leer, no te mirará a la cara. Leerá y punto, no importa que lleve maleta y corbata, pues abrirá su libro de poemas y, por un momento, mandará todo a la mierda.
El que quiera, escuchará música; y probablemente no usará auriculares. Al igual que el que hable por teléfono dejará que sus más privadas conversaciones hagan eco en las paredes del cercanías, perfectamente consciente de que nadie le escucha aunque puedan oirle.
Y mi favorito, Eva, mi favorito simplemente cierra los ojos. Se deja balancear, mecido en el balsámico movimiento del tren sobre la vía, rendido completamente a su momento de soledad, rodeado de gente que, por un momento, parece que ni siquiera exista. Todos, unos y otros, en un consenso absurdo, olvidan y se dejan ser. Se rinden. Tal vez sea porque resulta agotador ser hipócrita las veinticuatro horas al día. Qué se yo.
En cualquier caso, yo soy de esas que en el cercanías irrumpe en su autismo y les observa a todos con los ojos como platos. Por llevar la contraria, supongo.
Son feos a rabiar y emiten un sonido estridente; por no hablar de sus asientos, que son pura piedra, pero en cuanto se cierran las puertas y el tren avanza… no sé. Tengo la teoría de que ahí se forma un microcosmos. Una especie de universo alternativo, breve e intenso, donde la gente deja de sentirse observada. Es como si existiera algún tipo de consenso social que dijera que todas esas estúpidas normas de comportamiento no han de aplicarse sobre los raíles. Nada de cordialidad, sonrisa pintada, pudor o eso de "encantado de conocerte". En el tren eso da igual. El que quiere leer, no te mirará a la cara. Leerá y punto, no importa que lleve maleta y corbata, pues abrirá su libro de poemas y, por un momento, mandará todo a la mierda.
El que quiera, escuchará música; y probablemente no usará auriculares. Al igual que el que hable por teléfono dejará que sus más privadas conversaciones hagan eco en las paredes del cercanías, perfectamente consciente de que nadie le escucha aunque puedan oirle.
Y mi favorito, Eva, mi favorito simplemente cierra los ojos. Se deja balancear, mecido en el balsámico movimiento del tren sobre la vía, rendido completamente a su momento de soledad, rodeado de gente que, por un momento, parece que ni siquiera exista. Todos, unos y otros, en un consenso absurdo, olvidan y se dejan ser. Se rinden. Tal vez sea porque resulta agotador ser hipócrita las veinticuatro horas al día. Qué se yo.
En cualquier caso, yo soy de esas que en el cercanías irrumpe en su autismo y les observa a todos con los ojos como platos. Por llevar la contraria, supongo.
Lo que quiero decirte es que esto sí deberías verlo. Esto sí, Eva. Esto sí. Porque por unos instantes, ocho minutos, poco más, una mira a su alrededor y recupera la confianza en poder reconocerse en rostros ajenos.
Tal vez sí lo veas. A lo mejor. O quizás, aunque no puedas, sabrás reconocer el silencio por encima de sus gritos.
---Prólogo (J.S)
Novela en construcción =) pero aquí queda esto
martes, 3 de noviembre de 2009
(...) Si perdiera el miedo al papel,
Si me arriesgara en última instancia a dibujar palabras en él y vomitar mi vida a golpe de sílaba,
hallaría ante mis ojos el cuento de una idiota.
Un cuento ridículo de veintisiete capítulos,
uno por cada sonrisa que he logrado aprenderme de tanto observar su boca.
Un par de prólogos más por cada mirada clandestina.
(...) 30/10/2009
No, "un poco de tinta" no ha muerto. Simplemente he estado escribiendo cosas más largas, relatos que, quizás por miedo, quizás por desconocimiento, no he sido capaz de resumir en 500 palabras. Igualmente, si estáis aquí, gracias :) Este blog sigue en mi punto de mira, y supone mucho para mí.
Si me arriesgara en última instancia a dibujar palabras en él y vomitar mi vida a golpe de sílaba,
hallaría ante mis ojos el cuento de una idiota.
Un cuento ridículo de veintisiete capítulos,
uno por cada sonrisa que he logrado aprenderme de tanto observar su boca.
Un par de prólogos más por cada mirada clandestina.
(...) 30/10/2009
No, "un poco de tinta" no ha muerto. Simplemente he estado escribiendo cosas más largas, relatos que, quizás por miedo, quizás por desconocimiento, no he sido capaz de resumir en 500 palabras. Igualmente, si estáis aquí, gracias :) Este blog sigue en mi punto de mira, y supone mucho para mí.
miércoles, 5 de agosto de 2009
Ilógica
Eva miró por la ventana, empapada por los últimos resquicios de una agresiva tormenta de verano. Apenas podía ver nada a través del cristal; pero el paisaje que se adivinaba se percibía como un retrato surrealista de una ciudad vacía, ilógico.
Ilógico. La palabra se asentó en su paladar al pensarlo, y la estuvo masticando un buen rato. No tardó en volverse incómoda en su boca, y se asqueó hasta escupirla.
-Ilógico –murmuró al fin, sin darse la vuelta para mirar a su interlocutor-. Pero, ¿qué es eso de la lógica?
-Lo natural –contestaron tras de sí-. Lo normal, lo corriente... supongo.
Siguió una gota en el cristal de la ventana con la yema de su dedo, camuflando su silencio entre el repiqueteo de la lluvia.
-No me gusta –dijo-. No me gusta eso de la lógica.
-Bueno, tú siempre has sido un poco especialita.
Su reflejo en la ventana frunció el ceño. Lógica, decían sus labios, moviéndose despacio en el cristal. Lógica.
-Vaya palabra más absurda.
-Déjalo ya.
Pero no paró. Balanceada en la silla que la sostenía a la altura del cristal, Eva esperó a que el sonido de los tacones se alejara. Y se quedó hablando sola, intentando discutir con su reflejo si realmente merecía la pena ser lógica.
Y le dio por recordar. Por cerrar los ojos y percibir olores, y a sentir el frío en su piel, empapada por unos aspersores de madrugada. Y a rememorar el vértigo que supone subirse a un tren.
Su corazón palpitaba deprisa.
-Si la lógica es la realidad tediosa y conformista, si la lógica es mirar por la ventana esperando que las cosas vengan a ti sin arriesgarte a salir a buscarlas, si la lógica es eso...
Ilógico. La palabra se asentó en su paladar al pensarlo, y la estuvo masticando un buen rato. No tardó en volverse incómoda en su boca, y se asqueó hasta escupirla.
-Ilógico –murmuró al fin, sin darse la vuelta para mirar a su interlocutor-. Pero, ¿qué es eso de la lógica?
-Lo natural –contestaron tras de sí-. Lo normal, lo corriente... supongo.
Siguió una gota en el cristal de la ventana con la yema de su dedo, camuflando su silencio entre el repiqueteo de la lluvia.
-No me gusta –dijo-. No me gusta eso de la lógica.
-Bueno, tú siempre has sido un poco especialita.
Su reflejo en la ventana frunció el ceño. Lógica, decían sus labios, moviéndose despacio en el cristal. Lógica.
-Vaya palabra más absurda.
-Déjalo ya.
Pero no paró. Balanceada en la silla que la sostenía a la altura del cristal, Eva esperó a que el sonido de los tacones se alejara. Y se quedó hablando sola, intentando discutir con su reflejo si realmente merecía la pena ser lógica.
Y le dio por recordar. Por cerrar los ojos y percibir olores, y a sentir el frío en su piel, empapada por unos aspersores de madrugada. Y a rememorar el vértigo que supone subirse a un tren.
Su corazón palpitaba deprisa.
-Si la lógica es la realidad tediosa y conformista, si la lógica es mirar por la ventana esperando que las cosas vengan a ti sin arriesgarte a salir a buscarlas, si la lógica es eso...
Sin duda prefería ser ilógica.
jueves, 9 de julio de 2009
La felicidad
Poco puedo decir acerca de la felicidad. Uno nunca sabe si realmente la ha experimentado, o si ha pasado su vida con meros atisbos de alegría sin llegar a conocerla. De todas formas, si se para uno a pensarlo, ni siquiera sabe si realmente puede unificarse un concepto tan abstracto y subjetivo como ese.
No pretendo hablar de ella como si la entendiera. Ni como si la persiguiera. Ni siquiera como si la hubiese encontrado. Sólo diré que las calles de Pamplona, esta mañana, la han dibujado en sus aceras.
No hacía frío, cuando he salido de la estación. No mucho, para lo que es esta ciudad; y me he permitido el lujo de quitarme el jersey rojo y anudármelo al cuello. Y me ha dado por caminar. Caminar y caminar y caminar. Mirando al suelo.
Cuando el mundo pesa, parece más sencillo entretener la vista contando manchas de chicles allá donde pasas, escrutar tus zapatillas sucias y pensar que –menos mal- en casa espera una tarrina de helado de frutas del bosque.
Pero a veces ocurren cosas. A veces escuchas a un niño llamar a gritos a su perro, diciendo “¡Dama, ven aquí!”, y cuando ves al perro descubres que sí, que es clavado al perro de La dama y el vagabundo. Y te ríes.
Y a veces, si tienes suerte, te encuentras con unos aspersores en pleno funcionamiento y ves, no uno ni dos, sino tres arcoiris en plena calle. Y alzas un poco la vista.
Y a veces, si tienes más suerte todavía, encuentras en tu camino a esa mujer que duerme sobre cartones y que día tras día ves en el mismo lugar pidiendo dinero. Y detienes tu marcha cuando te das cuenta de que llevas un billete en el bolsillo que no sabes cómo ha llegado allí, así que te acercas y se lo das, con una frase estúpida. Con un “ten un buen día, es San Fermín”.
Y todo gira. Todo. Tu concepto de la felicidad si es que lo tenías. Tus prejuicios, tus preocupaciones, tus agobios, tu cansancio, el dolor de tus piernas y el nudo en el estómago. Porque a veces, cuando tienes mucha mucha suerte, una mujer como ella te coge la mano, te mira a los ojos y te dice gracias. Te besa la palma de la mano, obligándote a agacharte y te sonríe sin dejar de repetir gracias una y otra vez.
Le lloran los ojos y a ti, inexplicablemente, también.
Te marchas y piensas que sólo eran cinco euros. Y sigues caminando, pero incluso la hierba se percibe más verde. Y los hombros pesan menos. Y te das cuenta de que te sientes satisfecha de haber pagado cinco euros por ver una sonrisa tan bonita.
Es complicado. Meditar, intentar comprender. Resignarse a lo que hay. Pesa y no entra en tu cabeza.
Pero hay momentos como ese. Y, sinceramente, no tengo ni idea de si una sonrisa vale sólo cinco euros, ni si un beso vale quince céntimos, ni si la felicidad se puede conseguir a base de Häagen Dazs –aunque lo veo altamente probable-. Pero sé que la mera búsqueda de un atisbo de ella convierte el camino en algo mucho más agradable.
Mucho más llevadero.
No pretendo hablar de ella como si la entendiera. Ni como si la persiguiera. Ni siquiera como si la hubiese encontrado. Sólo diré que las calles de Pamplona, esta mañana, la han dibujado en sus aceras.
No hacía frío, cuando he salido de la estación. No mucho, para lo que es esta ciudad; y me he permitido el lujo de quitarme el jersey rojo y anudármelo al cuello. Y me ha dado por caminar. Caminar y caminar y caminar. Mirando al suelo.
Cuando el mundo pesa, parece más sencillo entretener la vista contando manchas de chicles allá donde pasas, escrutar tus zapatillas sucias y pensar que –menos mal- en casa espera una tarrina de helado de frutas del bosque.
Pero a veces ocurren cosas. A veces escuchas a un niño llamar a gritos a su perro, diciendo “¡Dama, ven aquí!”, y cuando ves al perro descubres que sí, que es clavado al perro de La dama y el vagabundo. Y te ríes.
Y a veces, si tienes suerte, te encuentras con unos aspersores en pleno funcionamiento y ves, no uno ni dos, sino tres arcoiris en plena calle. Y alzas un poco la vista.
Y a veces, si tienes más suerte todavía, encuentras en tu camino a esa mujer que duerme sobre cartones y que día tras día ves en el mismo lugar pidiendo dinero. Y detienes tu marcha cuando te das cuenta de que llevas un billete en el bolsillo que no sabes cómo ha llegado allí, así que te acercas y se lo das, con una frase estúpida. Con un “ten un buen día, es San Fermín”.
Y todo gira. Todo. Tu concepto de la felicidad si es que lo tenías. Tus prejuicios, tus preocupaciones, tus agobios, tu cansancio, el dolor de tus piernas y el nudo en el estómago. Porque a veces, cuando tienes mucha mucha suerte, una mujer como ella te coge la mano, te mira a los ojos y te dice gracias. Te besa la palma de la mano, obligándote a agacharte y te sonríe sin dejar de repetir gracias una y otra vez.
Le lloran los ojos y a ti, inexplicablemente, también.
Te marchas y piensas que sólo eran cinco euros. Y sigues caminando, pero incluso la hierba se percibe más verde. Y los hombros pesan menos. Y te das cuenta de que te sientes satisfecha de haber pagado cinco euros por ver una sonrisa tan bonita.
Es complicado. Meditar, intentar comprender. Resignarse a lo que hay. Pesa y no entra en tu cabeza.
Pero hay momentos como ese. Y, sinceramente, no tengo ni idea de si una sonrisa vale sólo cinco euros, ni si un beso vale quince céntimos, ni si la felicidad se puede conseguir a base de Häagen Dazs –aunque lo veo altamente probable-. Pero sé que la mera búsqueda de un atisbo de ella convierte el camino en algo mucho más agradable.
Mucho más llevadero.
Merece la pena.
El helado me espera.
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