martes 3 de noviembre de 2009

(...) Si perdiera el miedo al papel,
Si me arriesgara en última instancia a dibujar palabras en él y vomitar mi vida a golpe de sílaba,
hallaría ante mis ojos el cuento de una idiota.
Un cuento ridículo de veintisiete capítulos,
uno por cada sonrisa que he logrado aprenderme de tanto observar su boca.
Un par de prólogos más por cada mirada clandestina.

(...) 30/10/2009


No, "un poco de tinta" no ha muerto. Simplemente he estado escribiendo cosas más largas, relatos que, quizás por miedo, quizás por desconocimiento, no he sido capaz de resumir en 500 palabras. Igualmente, si estáis aquí, gracias :) Este blog sigue en mi punto de mira, y supone mucho para mí.

miércoles 5 de agosto de 2009

Ilógica

Eva miró por la ventana, empapada por los últimos resquicios de una agresiva tormenta de verano. Apenas podía ver nada a través del cristal; pero el paisaje que se adivinaba se percibía como un retrato surrealista de una ciudad vacía, ilógico.
Ilógico. La palabra se asentó en su paladar al pensarlo, y la estuvo masticando un buen rato. No tardó en volverse incómoda en su boca, y se asqueó hasta escupirla.
-Ilógico –murmuró al fin, sin darse la vuelta para mirar a su interlocutor-. Pero, ¿qué es eso de la lógica?
-Lo natural –contestaron tras de sí-. Lo normal, lo corriente... supongo.
Siguió una gota en el cristal de la ventana con la yema de su dedo, camuflando su silencio entre el repiqueteo de la lluvia.
-No me gusta –dijo-. No me gusta eso de la lógica.
-Bueno, tú siempre has sido un poco especialita.
Su reflejo en la ventana frunció el ceño. Lógica, decían sus labios, moviéndose despacio en el cristal. Lógica.
-Vaya palabra más absurda.
-Déjalo ya.
Pero no paró. Balanceada en la silla que la sostenía a la altura del cristal, Eva esperó a que el sonido de los tacones se alejara. Y se quedó hablando sola, intentando discutir con su reflejo si realmente merecía la pena ser lógica.
Y le dio por recordar. Por cerrar los ojos y percibir olores, y a sentir el frío en su piel, empapada por unos aspersores de madrugada. Y a rememorar el vértigo que supone subirse a un tren.
Su corazón palpitaba deprisa.
-Si la lógica es la realidad tediosa y conformista, si la lógica es mirar por la ventana esperando que las cosas vengan a ti sin arriesgarte a salir a buscarlas, si la lógica es eso...
Sin duda prefería ser ilógica.

jueves 9 de julio de 2009

La felicidad

Poco puedo decir acerca de la felicidad. Uno nunca sabe si realmente la ha experimentado, o si ha pasado su vida con meros atisbos de alegría sin llegar a conocerla. De todas formas, si se para uno a pensarlo, ni siquiera sabe si realmente puede unificarse un concepto tan abstracto y subjetivo como ese.
No pretendo hablar de ella como si la entendiera. Ni como si la persiguiera. Ni siquiera como si la hubiese encontrado. Sólo diré que las calles de Pamplona, esta mañana, la han dibujado en sus aceras.
No hacía frío, cuando he salido de la estación. No mucho, para lo que es esta ciudad; y me he permitido el lujo de quitarme el jersey rojo y anudármelo al cuello. Y me ha dado por caminar. Caminar y caminar y caminar. Mirando al suelo.
Cuando el mundo pesa, parece más sencillo entretener la vista contando manchas de chicles allá donde pasas, escrutar tus zapatillas sucias y pensar que –menos mal- en casa espera una tarrina de helado de frutas del bosque.
Pero a veces ocurren cosas. A veces escuchas a un niño llamar a gritos a su perro, diciendo “¡Dama, ven aquí!”, y cuando ves al perro descubres que sí, que es clavado al perro de La dama y el vagabundo. Y te ríes.
Y a veces, si tienes suerte, te encuentras con unos aspersores en pleno funcionamiento y ves, no uno ni dos, sino tres arcoiris en plena calle. Y alzas un poco la vista.
Y a veces, si tienes más suerte todavía, encuentras en tu camino a esa mujer que duerme sobre cartones y que día tras día ves en el mismo lugar pidiendo dinero. Y detienes tu marcha cuando te das cuenta de que llevas un billete en el bolsillo que no sabes cómo ha llegado allí, así que te acercas y se lo das, con una frase estúpida. Con un “ten un buen día, es San Fermín”.
Y todo gira. Todo. Tu concepto de la felicidad si es que lo tenías. Tus prejuicios, tus preocupaciones, tus agobios, tu cansancio, el dolor de tus piernas y el nudo en el estómago. Porque a veces, cuando tienes mucha mucha suerte, una mujer como ella te coge la mano, te mira a los ojos y te dice gracias. Te besa la palma de la mano, obligándote a agacharte y te sonríe sin dejar de repetir gracias una y otra vez.
Le lloran los ojos y a ti, inexplicablemente, también.
Te marchas y piensas que sólo eran cinco euros. Y sigues caminando, pero incluso la hierba se percibe más verde. Y los hombros pesan menos. Y te das cuenta de que te sientes satisfecha de haber pagado cinco euros por ver una sonrisa tan bonita.

Es complicado. Meditar, intentar comprender. Resignarse a lo que hay. Pesa y no entra en tu cabeza.
Pero hay momentos como ese. Y, sinceramente, no tengo ni idea de si una sonrisa vale sólo cinco euros, ni si un beso vale quince céntimos, ni si la felicidad se puede conseguir a base de Häagen Dazs –aunque lo veo altamente probable-. Pero sé que la mera búsqueda de un atisbo de ella convierte el camino en algo mucho más agradable.
Mucho más llevadero.

Merece la pena.
El helado me espera.

miércoles 10 de junio de 2009

De carcajadas

Cuando la conocí, su pelo aún guardaba restos de tinte de un excéntrico color fucsia. Sus uñas buscaban ir a juego. Y los cordones de sus zapatillas, a menudo desatados.
Yo solía mirarla, por aquello de que llamaba la atención allá donde fuera. Por eso del escándalo que montaba en cada lugar que pisaba, por su risa demasiado fuerte.
La miraba, sinceramente, porque sus ojos se agrandaban al hablar. Como si dijera algo como “eh, tú, ¿a que no te atreves a...?
Lo dijo un par de veces, a decir verdad. Y siempre encontró un no por respuesta. Porque yo era cobarde, y ella... ella había llevado el pelo fucsia.

Recuerdo verla rodando por la hierba, acortando una cuesta a golpe de carcajadas.
Y recuerdo también verla andar y mantener el equilibrio sobre los bordillos, por el puro placer de verme perder los estribos y soltar un “te vas a caer”. Como cada cosa, cada pequeño estúpido detalle que sé que hacía para conocer dónde estaba mi límite. Qué había de hacer hasta sacarme de mis casillas.
Sólo conseguía cabreos tibios, algún que otro grito y que la llamara loca, dos o tres veces al día, pero poca cosa más. Era inútil enfadarse con ella, que sólo sabía reír y hacerme perder los papeles, tironeando de mí tras habernos jugado la vida en un paso de cebra. Gritando “¡La ciudad es nuestra!”. Era inútil hacerle comprender que no todo era tan sencillo, que no todo provocaba risa. Era inútil intentar que entendiera que, en medio de la Gran Vía, no estaba bien que me diera un beso.
-¿Es porque soy una chica?
Inútil, porque estaba loca.
-No –dije-. Es por tu pelo rosa.
Y así se quedó todo.

Hoy no tengo la más mínima idea de qué color es su pelo.
Ni si ha aprendido que debería atarse los cordones y esperar a que los semáforos se pongan en verde para cruzar. No sé nada de ella, pero recuerdo esos detalles absurdos que la hacían ser tan extravagante y que hoy, sin saber por qué, me arrancan a mí una sonrisa.
-Maldita loca –murmuro, sin venir a cuento, cinco o seis años después, harta de ver cómo los segundos pasan despacio en el semáforo en rojo-. La ciudad es nuestra.
-Hoy es tuya –me parece oír, salido directamente de sus labios en mi oreja.
Me parece oírla, sí. Así, segura e irracional como siempre, como murmurando “¿a que me echas de menos?
Echo a correr, la luz todavía roja iluminando la carretera. La noche es mía, y estoy harta de morder mis carcajadas.

-Pues sí, loca. Pues sí.

jueves 4 de junio de 2009

La buhardilla

Ayer, con la cabeza asomada a través de la ventana de mi buhardilla, él -que compartía conmigo el lugar de descanso- me preguntó por qué nunca escribo en primera persona.

Y yo, aprovechando nuestras vistas, le hablé del cielo. Quizás para distraerle, quizás en un frustrado intento de responder. Le hablé de la hierba que se adivinaba bajo nuestras cabezas. E incluso le confesé algún que otro sueño entre teja y teja, más allá de donde alcanza mi imaginación.

Le relaté también mis noches, sentada sobre el tejado, contando estrellas y probando a capturarlas con mis ojos de gato. Le conté que nunca había conseguido tocarlas con mis dedos, pero que éstos se impregnaban de la noche y sólo sabían escribir sobre la luna.

Creo que no comprendió ninguna palabra de lo que le dije, porque una vez más no hablé de mí. Yo no confieso, sólo escribo, sólo cuento mentiras.

Y eso es lo que hice. Me inventé un personaje que hablara por los dos, pero se quedó dormido esperando su guión. Y nosotros, desde la buhardilla, sólo pudimos hablar del cielo.

Ayer, con el anochecer acariciando cuatro manos aferradas a las tejas, me preguntaron por qué nunca escribo en primera persona. Y yo, como os digo, me quedé en blanco.

domingo 24 de mayo de 2009

Jueves

Una de esas tardes de jueves, una de esas en que volvía del trabajo con la cartera en la mano y el abrigo protegiéndole de los primeros indicios de lluvia, se encontró de frente con todas sus mentiras.
Alejandro era un hombre seguro, de esos que no necesitarían utilizar corbata para caer bien al jefe. De esos que jamás perdían la sonrisa. Adicto al trabajo, a la cafeína, a los sillones reclinables y el periódico en su versión en papel. No podía decirse que tuviera tiempo para nada, y las manecillas de su reloj le impedían mirar más allá de su reflejo en el cristal de la ventana.
Por eso no esperó encontrárselas, a todas sus mentiras, hundidas en el fondo de un charco en la Calle Mayor. Descompuestas, asfixiadas. Pero vivas.
Se detuvo a mirarlas, a medio camino de abrir su paraguas. Observó su propia cara dibujada en el agua, entremezclada con ellas. Su ceño se frunció, pero no por sorpresa. Sabía que volverían, aunque no tenía muy claro cómo saludarlas, qué decirles, y si era demasiado tarde para pedir que se fueran. Estaban todas, y recordaba con total perfección el momento de formularlas.
Podía leerlas. Un “me valgo solo”, nadando prácticamente en la superficie, compartiendo agua con un par de miradas frías, veinticinco abrazos no dados y diecisiete carcajadas.
En el fondo, agonizantes, un “no me importa”, un “estoy bien” y un “ya no te necesito”.

Llovía.

Abrió el paraguas.
Pisó sus mentiras y mojó sus zapatos. Hablaría con ellas, más tarde; cuando el fondo de un vaso le pidiera explicaciones. Una tarde de jueves no tenía tiempo para leer sus palabras empapadas de lluvia. Y ni mucho menos para buscar las verdades que no llegó a decir, escondidas probablemente bajo la rueda de algún coche.
A sus treinta y siete años, ni siquiera sabía cómo se escribía un “abrázame”. Ni mucho menos un “llueve y tengo frío”, ni jamás en su vida había escuchado un “perdóname”. Era tarde para rescatar frases, pedir un abrazo o invitar a una caña. No era el momento de hacer una llamada, hablar de tonterías, recordar estupideces y confesar, entre anécdota y anécdota, algo tan simple como un “a veces, en la oficina, yo también me siento solo”.

La lluvia caló sus calcetines. Su paraguas. Sus treinta y siete mentiras. Su ciudad, su maleta y el sabor a vida.
Empapó su sonrisa.
Repiqueteó sobre los charcos.

Y él se fue.

sábado 16 de mayo de 2009

Tú. Sí, tú.



Porque, en el fondo, no somos tan diferentes.

Y no, no hablo sólo por mí, pero ya se sabe: una siempre mira primero a aquello que encuentra en el espejo. Me pregunto cuántos de nosotros se cubren con gafas de sol los rostros transparentes. Me lo preguntaba ya, pero el "hombre invisible" al que he tenido el placer de conocer hoy ha renovado mis inquietudes.